Un regalo para mis lectores

Empieza la vuelta al cole y con ello la vuelta a la normalidad para muchos. La vuelta a la rutina, a los horarios y a la estabilidad. Y yo, que no quiero ser menos, inicio la vuelta a la promoción de “Dime con quién hablas y te diré si estás loca“. Tras estas semanas de descanso, ¡hoy os quiero regalar un pedacito de mi primera novela! Para aquellos que todavía no sepáis de qué trata, este fragmento os hará tener una primera idea. Espero que os guste, que os quedéis con ganas de más y que os decidáis a comprarla para ayudar a esta pequeña escritora que da sus primeros pasos en este mundillo.

Si ya has empezado a leerla y todavía no has llegado a la página 14 del libro, te aconsejo que dejes de leer este post aquí. Para los que todavía no habéis empezado, os dejo con Vera.

 

Dime con quién hablas y te diré si estás locaDespués de diez minutos, apoyada en las frías baldosas de la pared y con las piernas cruzadas intentando disimular que mi vejiga puede reventar de un momento a otro, por fin es mi turno. Ruth ya está metida en uno de los aseos. Se me ha adelantado, la muy espabilada, y ha entrado antes que yo. Cuando al fin entro, sé que ella está a mi izquierda porque la oigo canturrear la última canción de Pitbull y Jennifer López que se oye de fondo.

El local en el que estamos es muy coqueto y cuidan hasta el más mínimo detalle, pero con la higiene del lavabo no se han esforzado demasiado. El suelo parece una piscina, pero en esta no apetece bañarse en absoluto. Hay trozos de pañuelos desechables tirados por todas partes, lo que me hace deducir que no queda papel. Abro el bolso como puedo para buscar algo con lo que limpiar la taza antes de sentarme. En estas ocasiones siempre me viene a la mente la imagen de mi madre cuando, de pequeña, me apuntaba con el dedo y con el ceño bien fruncido me advertía de la importancia de no sentarse en un baño público, a no ser que quisiera coger una grave enfermedad.

Revuelvo todo lo que hay dentro de mi bolso hasta que por fin encuentro el único pañuelito decente que puede salvarme de tener hongos mañana. Inocente de mí, quiero creer que con esto voy a conseguir desinfectar algo. Lo cierro, lo cuelgo en la percha de aluminio que hay en la puerta, giro sobre mis talones y de pronto algo me corta la respiración y palidezco. Frente a mí, una chica adolescente me mira con asombro. Tardo unos segundos en reaccionar. Le miro sus grandes ojos castaños con detenimiento. Contengo un grito ahogado e intento no entrar en pánico.

Las dos nos mantenemos la mirada sin atrevernos a hablar. Parpadeo un par de veces porque no soy capaz de creer lo que veo frente a mí. Es posible que la sangre haya dejado de llegarme a la cabeza y eso haya creado un cortocircuito en mi cerebro. ¿Me habrán echado algo en mi bebida? ¿O será a causa de llevar todo el día en estado de shock por haberme quedado sin trabajo, que ahora tengo visiones?

–Hola. –Digo al fin, con un hilo de voz.

–Hola. –Me dice con cara de sorpresa.

– ¿Sabes… quién soy? –dudo al preguntar.

–Eso creo. –Me dice con mirada asustadiza.

– ¿Quién crees que soy? –pregunto, mientras recupero el aliento poco a poco.

–Eres yo. Pero más… vieja.

–Vale, lo de “vieja” te lo puedes ahorrar.

–Espera, espera. Entonces, tú y yo ¿somos la misma?

–Parece ser que sí.

Está tan sorprendida como yo. Quizás me haya vuelto loca y esté viviendo en una realidad paralela o algo así. O puede ser que ni siquiera me hayan despedido y ahora mismo estoy postrada en la cama de un centro mental, yo que sé.

– ¿Pero qué llevas puesto? ¿Eso son lentejuelas? –dice con temor.

–Están muy de moda ahora. Y no esas plataformas que llevas a lo Spice Girl. –Respondo con aires de superioridad.

–Vale, a ver, tengo que estar delirando. Algo debe haberme sentado mal. –Dice con los ojos cerrados y sus dedos índices en las sienes. – ¿Dónde estamos?

–En el You&Me. No lo puedes conocer, lo abrieron hace un año. Pero vamos a ver… –intento centrarme –explícame cómo has llegado hasta aquí.

– ¡Yo qué sé! –grita aterrada.

– ¡Vamos! ¡Que hay cola!

Las voces que oigo tras la puerta, como si viniesen desde la ultratumba, me sobresaltan. La abro un poco, asomo la cabeza y les pido perdón a las chicas desesperadas de la cola. Les digo que en seguida salgo mientras me miran con cara de odio. La cierro, doy media vuelta, y vuelvo a encontrarme sola en el baño.

La Vera adolescente se ha marchado.

 

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