Cadena de favores

Días y días sin escribir. Días y días sin inspiración. Será este calor sofocante que me está matando. Será que mi mente ha dicho “basta” de tanto pensar y se ha declarado en huelga. Será que ahora que tengo más tiempo libre lo prefiero aprovechar  para desconectar e para ir a la playa. O será que he necesitado estar dispersa por un tiempo y dejar la escritura a un lado. Hasta que finalmente, una tarde como la de hoy, recuerdo ese momento en el que, paseando a solas por un centro comercial, alguien me devuelve al mundo real haciéndome bajar de las nubes.

-Disculpa–me dice educadamente un chico joven. -¿Podrías ayudarme?

Le miro con disimulo de arriba abajo. Lleva unos vaqueros cortos y una camiseta blanca de tirantes un poco sucia. Carga con una mochila, digna del Camino de Santiago, en la que intuyo lleva toda su vida. Lleva días sin afeitarse pero aún así no se le ve del todo desaliñado.

– ¿Podrías dejarme un euro? –me dice, obligándome a centrarme en su mirada azul cielo. –Es que verás… -se explica. –Estoy en la calle y estoy intentando recopilar algo de dinero para comprar una hamburguesa en el McDonals. Con que solamente me dieras un euro, te estaría muy agradecido.

Y mis tripas se revuelven. Mentalmente y en cuestión de segundos, imagino toda una vida para él. Un chico joven y educado que perfectamente puede tener una carrera de ingeniería, se topa con una vida desafortunada. Nadie le da trabajo porque, aunque hable tres idiomas, sea ingeniero y tenga un máster, las empresas prefieren seguir manteniendo en su plantilla al típico inútil al que su puesto no le va grande, sino enorme, que lleva 25 años comiendo de la sopa boba y que la empresa no echa a la calle porque les sale caro. Un chico que lo dejó todo para cumplir su sueño de trabajar por su cuenta y dejar de sentirse explotado por los peces gordos. Un chico que se vio obligado a pedir un crétido para sacarse ese máster que supuestamente le pedían todas las empresas y que pocos años después descubre que no le ha servido para nada. Un chico que podría llevar una buena vida y que sin embargo se encuentra frente a mí rogándome un euro para poder comerse una maldita hamburguesa de una multinacional que, a pesar de estar montada en el dólar, le paga cuatro duros a sus trabajadores.

Suspiro para contener las ganas de gritar por tanta injusticia. Vuelvo a centrarme en esa mirada azul y sonrío.

– No te preocupes. Te invito a comer. –digo al fin.

– ¿En serio? –pregunta estupefacto.

– Sí, vamos, te acompaño. –afirmo.

El chico ingeniero del máster y que habla tres idiomas, abre sus ojos azules de par en par y con una sonrisa de oreja a oreja accede a venir conmigo.

– Muchísimas gracias, de verdad. Estás siendo muy amable. Jamás me hubiese imaginado esta reacción.

– Está claro que los que están al poder no tienen muchas intenciones de ayudarnos, así que solamente nos queda ayudarnos entre nosotros. –le digo con tristeza al descubrir que mis palabras son reales como la vida misma.

Al llegar a la puerta del restaurante, abro mi cartera, le doy el dinero y me despido. Me hubiese gustado quedarme con él y que me explicara su vida. La real, no la que me he inventado en mi cabeza. Pero entiendo que quizás estoy abusando de su confianza, así que le deseo toda la suerte del mundo y vuelvo sobre mis pasos a seguir con mi vida. Esa vida de la que me quejo tanto y tantas veces.

Despierto con el sonido de un whatsapp. Mi amiga me propone ir a la playa. Con este calor sofocante y mi cerebro frito, se me antoja como el mejor plan de esta mañana de sábado.

cadena de favores

Es prácticamente la hora de comer cuando mi amiga y yo estamos plantando la sombrilla y nuestras dos hamacas en el mejor hueco que encontramos. Contentas con el chiringuito digno de domingueras que nos hemos montado, nos sentamos y me hipnotizo con las olas del mar. Como observadora nata que soy, miro a mi alrededor y, dos sombrillas a mi izquierda, descubro a otra de mis amigas con toda su familia.

-Soraya, voy a saludar a mi amiga Bea, que está ahí –digo señalando con el mentón.

Como buena madre que es, mi amiga Bea se lo ha montado mucho mejor que nosotras. Unas tres sombrillas para que sus hijas no se quemen, hamacas por doquier y nevera portálil rebosante de toda una variedad de bebidas. Una ensaladilla rusa, una empanada gallega y demás alimentos, descansan sobre un gran mantel a cuadros. Seguro que les dan el premio al mejor chiringuito de la playa. Después de saludarla vuelvo a mi puesto, ese que creía que me había montado tan bien. Una triste sombrilla y dos sillas de plástico para nosotras. Es lo que tiene ser “no madre”.

Soraya y yo charlamos de todo un poco, como solemos hacer, hasta que Bea viene a vernos y, generosa que es, nos ofrece un plato de comida a cada una de nosotras. Dudamos al principio, por no abusar de su hospitalidad, pero finalmente caemos bajo las garras de esa sabrosa empanada gallega y esa ensaladilla que nos dice “cómeme”.

Y mientras como, lo recuerdo. Ayer yo di de comer a alguien y hoy otro alguien me da de comer a mí. Y sonrío. Sonrío porque veo que funciona. La cadena de favores, digo. Funciona esa famosa frase que dice: lo que siembras, recojes. Porque es así. Porque cuando das, recibes. Porque cuando te portas bien, los demás se portan bien contigo. Y porque aunque siempre haya alguien que solamente piense en su propio beneficio; los que no somos peces gordos, los que no tenemos multinacionales, los que no vivimos de la sopa boba, seguiremos disfrutando de nuestra cadena de favores.

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