Miedo a lo desconocido

Este año me ha tocado quedarme en casa durante estos días de Semana Santa. ¿Y qué se puede hacer cuando una se queda en la ciudad? Visitarla como un guiri más. Así que, dispuesta a pasear por las calles más turísticas de Barcelona, me puse mis zapatillas deportivas, o bambas, como decimos los catalanes, y decidí patearla. Y así, sin más, caminé por las calles por donde paso cada día, pero esta vez sin prisas y sin tener que ir directa a la oficina. Os aseguro que la perspectiva cambia por completo cuando el objetivo es otro.

Y para completar estos días turísticos, el domingo me fui al Tibidabo, parque de atracciones por excelencia en Barcelona y que no pisaba desde que era niña. Está claro que la perspectiva de adulta también cambió mi visión. Lo que antes me parecía enorme, ahora ya no lo era tanto. Pero los recuerdos de la laberíntica sala de los espejos en la que tanto me gustaba perderme, la noria o el famoso avión que sobrevolaba el Tibidabo, seguían latentes en mí. Y paseando por el parque de atracciones, me topé de bruces con la casa del terror. Esa misteriosa casa en la que, años atrás, nunca me había atrevido a entrar por miedo a tener por la noche pesadillas con Freddy Krueger, se postraba imponente frente a mí, invitándome a entrar. Y yo, con un nudo en el estómago y empujada por mi acompañante que estaba deseoso de visitarla, me descubrí a mí misma haciendo cola para descubrir de una vez por todas lo que se escondía tras las puertas de esa gran mansión.

miedo a lo desconocidoDespués de prácticamente una hora, llegó el momento de entrar. Y yo, dispuesta a cortar la circulación a la mano de mi acompañante, me agarré a él como una lapa y entrecerré los ojos con la cabeza gacha para ver lo mínimo posible de mi tan temida atracción. Pasamos lentamente arrastrando los pies por pasillos oscuros en los que una espesa niebla nos dificultaba la visión. Sabedora que en cualquier momento aparecería de la nada alguno de esos famosos personajes de las películas de terror, me iba haciendo cada vez más pequeñita pensando que, quizás así, pasaría desapercibida y no irían a por mí. Pero estaba equivocada. Ingenua de mí, no me había percatado que así llamaría más la atención. Tras encontrarme con Freddy Krueger, al que apenas miré, la niña del exorcista, el muñeco diabólico y algunos personajes más, llegué a un vestíbulo en el que Drácula nos esperaba. Y con su voz de ultratumba, nos ofreció la posibilidad de continuar con nuestro pasaje del terror o salir por la puerta de emergencia. Un detallazo por su parte. Y mientras nos lo ofrecía, Drácula reparó en mí. Mi plan de hacerme pequeñita no estaba funcionando. Se me acercó lentamente mientras repetía sus palabras. Y yo, escondida tras mi acompañante y con el aliento de Drácula rozando mi cuello, cambié el chip. No, no iba a abandonar. Me erguí, le miré y relativicé la situación. Ya no veía a Drácula. Ahora veía a un actor que le había tocado trabajar un domingo de Semana Santa y que, seguramente cuando abandonáramos la sala, miraría el reloj para ver cuánto rato le quedaba para volver a casa. Le miré fijamente a los ojos y mentalmente borré todo ese maquillaje de la cara. Sonreí y le confirmé con un gesto que quería continuar. Y así, sin más, terminé el recorrido con otra actitud. Ya no me escondía. Salí victoriosa de allí, aunque a la vez con risa nerviosa, lo reconozco. Pero al fin había afrontado mis miedos infantiles.

Y como soy muy de comparar, comparé esa casa del terror con la vida misma. Y me dí cuenta que en la vida, son muchas las ocasiones en las que dejamos escapar oportunidades por miedo. Pero es solamente miedo a lo desconocido. Esos miedos atroces que nos atan de pies y manos y no nos dejan seguir nuestro recorrido con fluidez. Vamos arrastrando los pies y chocando contra muros que nos vamos poniendo porque tenemos un miedo absurdo a cosas que no hay. A personajes que creemos que nos van a hacer daño y que en realidad solamente están en nuestras cabezas. Es difícil afrontar nuestros miedos, sí, pero no imposible. Solamente hay que estar preparado para ello.

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