11-M, 11 años

Me hago la remolona en la cama pidiendo mentalmente cinco minutos más para levantarme. Miro la hora en mi móvil Nokia que reposa en la mesita y me sobresalto. Me he dormido. Aún así, dedico unos segundos a mirar por la ventana y una sonrisa se escapa de mis labios. Amanece antes que de costumbre. La primavera empieza a hacer su acto de presencia y mi felicidad con ella. Voy directa a la ducha, sabedora de que llegaré tarde a la oficina. Treinta minutos después, mi vecino me saluda mientras salgo a paso ligero, casi corriendo, del portal de casa. Busco la tarjeta del tren desesperada pensando, una vez más, que la he perdido. Suspiro aliviada al encontrarla al fondo de mi bolso de Mary Poppins.

Llego a la estación con la lengua fuera. Mi tren habitual ya ha pasado así que tengo que coger el siguiente. Al subir a él, busco con la mirada un asiento libre y en seguida descubro que hoy me toca a mí estar de pie. Me pongo los auriculares en los oídos para hacer más ameno el viaje, aunque son pocas las paradas que me separan de Atocha. A mi lado, un estudiante va dándome golpecitos con su mochila. Me entran ganas de decirle que no invada mi espacio personal, aunque sé que eso es imposible porque vamos todos como sardinas en lata. Por qué hoy me tocaría a mí estar de pie… me lamento. Oigo de fondo el llanto irritante de un niño y decido subir el volumen de mi Ipod. Empiezo a canturrear mentalmente el último hit del momento cuando de pronto, noto un revuelo a mi alrededor. Algo pasa, lo sé. El tren ha parado. El chico de la mochila intenta ver algo por la ventana dando saltitos. Me desprendo de los auriculares y el murmullo de los que me rodean me confirma que algo va mal. Ha habido un accidente, dicen algunos. ETA ha vuelto a hacer de las suyas, dicen otros atemorizados. 

Nos apeamos del tren y descubrimos el horror. De fondo, una nube negra nos confirma nuestras peores sospechas. Sin dudarlo, empezamos a correr en dirección al humo. Nuestra intuición nos dice que toda ayuda es poca. Llegamos al escenario del horror y no podemos creer lo que tenemos frente a nosotros. Y se me hiela la sangre. Me paro en seco y noto cómo un escalofrío recorre todo mi cuerpo cuando caigo en la cuenta. Ése era mi tren. El de cada mañana. El que hoy se me escapó. Hoy me he dormido. Hoy no estoy metida dentro de ese horror, aunque lo siento en lo más profundo de mis entrañas. No me siento aliviada. La bilis llega a mi garganta mientras pienso que yo debería estar ahí. Lleno mis pulmones con todo el aire que puedo y vuelvo a correr en dirección al accidente. Hoy no me tocaba morir. Hoy soy yo la que está de pie.


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