Cosas que me harían sentir bien

Sentada en su silla giratoria, observaba su alrededor con detenimiento. Ése no era el sitio en el que ella quería estar. Cualquier sitio era mejor que la recepción de aquel oscuro despacho de abogados. Miró a la pantalla y suspiró. La imagen que ésta le devolvía distaba mucho de lo que a ella le hacía sentir bien. Su mesa inundada de papeleos legales, se le antojaba aburrida. Sin embargo, debía quedarse allí a cambio de un sueldo a final de mes. Maldito alquiler.

Abrió una página en blanco y se dispuso a escribir: cosas que me harían sentir bien. Escribió la primera frase y su alarma interior de puso en marcha al oír acercarse el sonido de los tacones de su jefa. Estaba preparada para una nueva bronca. Últimamente le llamaba la atención hasta por el más mínimo detalle.

– En cinco minutos te veo en mi despacho.

Esos fueron los buenos días de su jefa. Debía preparar toda la documentación que sabía que le pediría en cualquier momento. Estaba acostumbrada a presentar más trabajos de la cuenta por si en un momento dado se los pedía. Había aprendido a ser más hábil que su jefa para que no la pudiera pillar en nada. Sin embargo, cansada de luchar en una guerra que ni siquiera consideraba suya, esta vez preparó otro tipo de documentación.

Llamó a la puerta con valentía y entró en el gran y soberbio despacho. Imitando la actitud de su jefa, se plantó frente a ella y con aire arrogante, dejó caer el documento sobre la mesa.

– Ya no te aguanto más. –espetó. –Ya no te necesito. Ya no necesito más el mísero sueldo que me das cada mes. Me absorbes y me utilizas a tu antojo porque crees que necesito este trabajo pero la situación ha cambiado. Dimito. Aquí tienes mi carta de renuncia.

Salió del despacho sonriendo y rozando con la punta de los dedos la papeleta premiada de lotería que guardaba en su bolsillo. Se acabó. Ahora tenía más dinero del que pudiera gastar en toda su vida. Era libre al fin. Quizás compraría la empresa y pondría de patitas en la calle a su jefa. O mejor aún, la mantendría en plantilla y ella sería la jefa de su jefa. Le pediría informes constantemente. Incluso cuando no los necesitara. Sí, esa era buena idea.

Pestañeó un par de veces para obligarse a volver a la realidad. La pantalla del ordenador seguía parpadeando frente a ella y su jefa iba para su despacho esperando reunirse con ella y con toda la documentación. “Cosas que me harían sentir bien: ganar la lotería” rezaba la pantalla de su ordenador. Algún día, pensó. Algún día podría hacer sus sueños realidad. Suspiró, recogió todo el papeleo de su mesa y se fue a reunirse con la que seguiría siendo su jefa otro día más.

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