Cuestión de actitud

Buenos días, ¿tienes un minuto? –repetí por enésima vez.
Lo siento, tengo prisa. –me dijo con la mirada puesta en la boca del metro.
Otro con el mismo cuento, pensé. Después de tres horas a pie de calle intentando hacerme escuchar, lo único que había sacado en claro era que, primero, todo el mundo vive con prisas, segundo, la gente prefiere mentir antes de dedicarme un minuto de sus vidas. De lo que también estaba totalmente convencida era que a nadie le interesaba lo que yo, humildemente, les pudiera ofrecer. Quizás el machaque constante de las compañías telefónicas llamando a nuestras casas día sí, día también, habían dejado mecha en nuestra sociedad a la hora de escuchar nuevas propuestas. Pero yo no ofrecía un cambio de linea telefónica. Yo no ofrecía nada comercial. Había encontrado la fórmula mágica para liberarme de mis preocupaciones y quería compartirlo con el resto del mundo. Era muy sencillo. Sin embargo, nadie quería prestarme un minuto de su tiempo. Llegados a ese punto, decidí cambiar mi estrategia.

-Buenos días. ¿Estás contento con tu vida? –dije esta vez.
-No, no lo estoy –dijo con melancolía aquel viandante. No se paró. Siguió su camino dejándome con la palabra en la boca. Volví a insistir.
-Buenos días, señora. ¿Está contenta con su vida? –repetí.
-Uy, qué va nena. Me faltan muchas cuotas que pagar para estarlo. –dijo mirando al cielo. Después se marchó.
-Buenos días. –insistí. -¿Estás contento con tu vida? –pregunté a un tercer viandante. –Cuando me quiten a la inútil de mi jefa lo estaré. –dijo con el ceño fruncido. Estaba claro que había tenido un mal día.
-Buenos días –insistí sin perder la sonrisa. -¿está contenta con su vida? –No, muchacha. ¿Cómo voy a estarlo? –dijo sin parar el paso.

Seguí insistiendo un ratito más y luego bajé al metro donde esperaban en el andén impacientes todas y cada una de aquellas personas que me había encontrado. Llegó el siguiente metro y, cual vagabundo que pide limosna, entré en el vagón, me situé al centro y empecé a hablar.

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“A algunos de vosotros os acabo de ver en la calle. Os he hecho una pregunta muy sencilla: ¿estáis contentos con vuestras vidas? Nadie, absolutamente nadie, me ha contestado afirmativamente. Y eso es preocupante. Por eso estoy hoy aquí. No vengo pidiendo limosna. Tampoco vengo intentando vender un producto nuevo. Estoy aquí porque un día abrí los ojos y quiero que vosotros también lo hagáis. Os ofrezco a todos algo que ya tenéis pero que no recordáis haberlo tenido. ¿Os acordáis cuando erais niños y nada os preocupaba? ¿Qué ha cambiado? ¿La hipoteca que ahora tenemos y antes no? ¿El trabajo? ¿Los desamores? No. Lo que ha cambiado es nuestra actitud frente a los problemas. Cuando éramos niños, no teníamos sentido del ridículo. Éramos capaces de ponernos a cantar y bailar en medio de la calle sin pensar en el qué dirán. Teníamos sueños. Queríamos ser bailarinas, astronautas, cantantes o futbolistas. Y de pronto, nos hemos hecho mayores. Dejamos nuestra infancia y con ella nuestra valentía en cumplir nuestros sueños. En vivir sin miedo. Dicen que morimos a los 25 años, aunque nos entierren a los 75. Volvamos a vivir. Volvamos a soñar. Volvamos a tener la actitud que teníamos en la infancia. Nuestra forma de ver la vida cambiará radicalmente, os lo aseguro. Vivamos buscando el lado positivo a las cosas y cambiemos aquello que no nos gusta. No vale decir que estáis atrapados porque nuestras ataduras nos las ponemos nosotros mismos. Volvamos a ser niños. Vivamos y soñemos como ellos. Solamente así, pensando con la sencillez de un niño, sabremos vivir con la misma felicidad que ellos. Volvamos a volar.”

 

Suspiré y miré a mi alrededor. El vagón me miraba en silencio. Quizás me estaban tratando de loca, pero yo sabía que en el fondo me daban la razón. Una chica de mi edad me sonrió, se levantó y se acercó a mí. Gracias, me dijo. Y así, sin más, bajó del vagón. Yo también sonreí. Sabía que, al menos, había conseguido llegar a una persona.

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