Otro punto de vista

Me analizo el lunar del cuello una y otra vez. La doctora dice que no es nada, que es benigno, pero yo no me la creo. Seguro que tengo algo raro. Ayer fui a pedir una segunda opinión y me vuelven a decir lo mismo. Seguro que se equivocan. En el ambulatorio ya me conocen todos. El personal de recepción, los de mantenimiento, enfermeros y enfermeras. Se ríen de mí. Será posible… Si tuvieran todas las enfermedades que tengo yo habitualmente, no lo harían. Mi doctora de cabecera cada vez que me ve, me dice: ¿otra vez por aquí? Y yo ya sé que es una pregunta retórica. No quiere saber nada de mis enfermedades. Será incompetente la tía… El otro día me quiso derivar al psicólogo. Ni que estuviera loca… ¿O lo estoy? Ay Dios mío… ¿Y si tengo una enfermedad en la cabeza?

– Me estoy muriendo. – Le digo a la tercera doctora a la que le pido opinión. No se lo pregunto, se lo afirmo. Me mira por encima de las gafas y yo en seguida sé que no me está creyendo. Otra incompetente… Será posible. A este paso voy a tener que ir a una vidente o algo así.
– Vamos a ver. -Suspira quitándose las gafas desde el otro lado de la mesa. -¿en qué te basas para afirmar algo tan grave?

– ¿Es que no sabe usted todo mi historial médico? -le digo aterrada.

– Tengo tu ficha en pantalla y te aseguro que no tienes ninguna enfermedad.

– La ficha miente. Todos mienten. Nadie me cree, pero le aseguro, doctora, que tengo algo grave. Todas las mañanas me levanto sintiéndome mal.

– Supongamos que tienes una enfermedad. ¿Cuál es esa enfermedad?

– Se supone que estoy aquí para que usted me lo diga. –será posible…pienso.

– Está bien. Cuéntame tus síntomas.

– Me levanto cada mañana con un dolor aquí en el pecho –digo señalándome el corazón. –y siento que me ahogo. Luego voy al baño con el corazón latiendo a mil por hora y entonces me analizo físicamente, para ver si es que tengo algo raro que me impida respirar. Entonces siempre encuentro un lunar nuevo en mi piel, que digo yo que si tengo tantos lunares, será por algo malo. Serán cancerígenos o algo. Entonces, como se asusto, vengo corriendo al médico para que me miréis los lunares. Y todos me salís siempre con el mismo cuento. Que no tengo nada.

– Sí tienes algo. –dice al fin, después de observarme en silencio durante unos segundos.

– ¡Por fin! –digo ilusionada y a la vez aterrada. -¿Qué tengo, doctora? ¿Me estoy muriendo?

– No. No te estás muriendo. Lo que tienes se llama hipocondría. Y no es otra cosa que el terror que tienes a caer enferma.

¡Lo sabía! Sabía que algo tenía. Por fin alguien me da otro punto de vista. La doctora intenta explicarme qué es eso de la hipocondría, pero yo ya no le estoy escuchando. Dios mío… ¿y ahora qué hago? Tengo una enfermedad, como me temía… Vuelvo corriendo a casa para encerrarme en mi habitación y así evitar contagiarme de algo más. Seguramente ahora tendré las defensas bajas por mi enfermedad y me puedo resfriar en cualquier momento. Seguro que los resfriados no son buenos para la hipocondría… Menos mal que al fin alguien me ha podido confirmar que estoy enferma. Consultaré en Google casos de hipocondría. Seguro que el doctor Google me puede ayudar en esto. Y me quedaré hecha un ovillo en la cama. A oscuras y en silencio. Sí, eso me vendrá bien. Seguro que así me curaré.

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