Cariño, no es lo que parece

celos
Foto realizada por Alma Fotos  (www.almafotos.es)

Entro con cuidado en casa intentando hacer el menor ruido posible. No quiero despertarle. Me descalzo los peet toes que me han destrozado los pies. Cuando me los puse a las diez de la noche creí que seria una genial idea impresionar con esos taconazos. Después de siete horas, mis pies no opinan lo mismo. Entro en silencio en el baño para quitarme el maquillaje. El eye liner que tan perfectamente definido llevaba hace unas horas, ha acabado difuminándose para hacerme parecer un mapache. No queda ni rastro del gloss de mis labios. Mi ropa huele a humo de tabaco así que decido desnudarme allí mismo e ir directa a la ducha. Sé que no son horas, pero no quiero meterme en la cama oliendo a bar y provocarle una de esas ideas que se le pasan de vez en cuando por la cabeza.

Al salir de la ducha me embadurno con mi hidratante de siempre y ya me siento otra persona. Ya no hay maquillaje en mi rostro. Entro en silencio en nuestra habitación y saco el pijama del cajón. Al ponérmelo me siento como en el paraíso. Cuando entro en mi lado de la cama que él previamente ha calentado, llego definitivamente al Edén. Poco a poco voy siendo devorada por Morfeo. Al entrar en la fase REM de mi sueño más profundo, mi marido entra en él y tira de mí bruscamente para devolverme a la realidad.

– ¿Dónde has estado tanto rato? –oigo sobresaltada.

– Ya te lo he dicho – murmuro – He ido a la discoteca de siempre con mis amigas.

– ¿Con qué amigas? Creía que estabas con Carla y no es así. Ha llamado esta noche preguntando por ti.

– No, no he salido con Carla. ¿Podemos dejar esta conversación para mañana, por favor? Estoy agotada.

– Ya es mañana. Son casi las 6 de la madrugada.

– Ya está bien. –digo encendiendo la luz de la mesita. – ¿Qué quieres saber?

– Con quién has estado. Me da igual dónde. Sólo dime con quién.

– Con mis amigas. –repito mohína.

– ¿Qué amigas?

– Las del trabajo. No las conoces.

– Nunca me has hablado de ellas.

– Porque en casa nunca hablamos de nuestros trabajos. Así lo pactamos en su momento.

– No te creo.

– Ése es el problema. Que nunca me crees.

– Porque me das motivos para no confiar en ti.

– ¿Salir con mis amigas es motivo para desconfiar de mi?

– Que salgas todos los fines de semana con gente que creo que ni existe, sí, da motivos para desconfiar. ¿Y qué pasa con esos fines de semana que presuntamente tienes que trabajar? ¿Te mandan a Madrid cada quince días y no te compensan ni con un solo día de fiesta? ¿No te das cuenta que tus coartadas no cuadran?

– ¿Cómo te atreves? – digo furiosa. – ¡No tienes ni idea de lo que me explotan en el trabajo! Encima que me hacen trabajar más de la cuenta, ¿tengo que soportar tus celos? Ya no lo soporto más. ¡Es indignante!

– Lo indignante es que sigas negando lo evidente. Mira, no tengo ganas de que me tomen el pelo. Está amaneciendo y no quiero saber nada más de este tema.

Se levanta de un salto de la cama y va directo al armario. Saca la maleta que compramos para nuestra luna de miel y la llena con algunas de sus camisetas y vaqueros. Empiezo a temer lo peor. Se ha cansado de mí y se va de casa.

– No puedo creer que lleves tus celos a este límite. No te vayas, por favor.

– Ya me he cansado de tus mentiras. Volveré a por el resto de las cosas cuando esté más tranquilo.

Y así, sin más, le veo salir por la puerta de nuestra casa. Empiezo a sollozar. Mis mentiras me han arruinado la vida. Esta historia se terminó. Algún día debía llegar a su fin. Busco atropelladamente el móvil y le llamo.

– Hola preciosa. ¿Qué haces todavía despierta? Hace ya un rato que te he dejado en la puerta de tu casa.

– Estaba pensando en ti. Necesitaba escucharte.

– ¿Ha pasado algo? Te tiembla la voz.

– Nada, sólo que me siento sola. -miento.

– Te he dicho mil veces que nos vayamos a vivir juntos, pero siempre me has dicho que prefieres vivir sola. Ni siquiera me has dejado nunca subir a tu casa.

– No, no puede ser. Me gusta vivir sola, ya lo sabes. -vuelvo a mentir.

– Espera, llaman a la puerta. –me susurra. –Imagino que debe ser mi amigo. Me ha mandado un mensaje diciéndome que acaba de dejar a su mujer. Sospecha que tiene un amante. ¿Te lo puedes creer? Hay gente para todo.

Caigo en un abismo al darme cuenta de la realidad. Son amigos. Y sentada a los pies de la cama, encorvada y muerta de miedo, escucho a través del móvil cómo mi marido entra en casa de su amigo. Cómo mi marido le confiesa entre lágrimas que acaba de dejarme y cómo mi marido, inocente de él, ha ido a lamentarse a casa del que siempre ha sido mi amante. Suspiro y cuelgo el teléfono rendida a la verdad. Sé que hoy mi amante se enterará quién soy y también sé que mi marido se enterará quién es mi amante. Hoy he sido víctima de mis propias mentiras. Hoy les pierdo a los dos.

 

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