Mala gente

Llegan las navidades y todo el mundo intenta sacar lo mejor de sí mismo. Llegan unas fechas sonadas en las que las palabras “alegría” y “generosidad” están a la orden del día. Todos somos felices y buena gente en Navidad. Todos somos solidarios y nos acordamos de aquellos que no tienen para comer. Hacemos donaciones comprando bolígrafos y postales de Navidad que irán destinados a los más desfavorecidos. Lloramos con spots publicitarios navideños que nos tocan la fibra sensible. Nos obligamos a ser felices y a amar al prójimo. A decirnos cuánto nos queremos. A comer juntos y hacer ver que no existen los problemas. A hacer comidas de empresa fingiendo que somos unos compañeros de la leche y que nuestro jefe nos cae hasta bien. Pero, ¿que pasa el resto del año?

Llega el 7 de enero de cada año y nos olvidamos de nuestra generosidad y benevolencia. Volvemos a nuestras rutinas donde nos gritamos, nos enfadamos y no hacemos favores a no ser que haya un interés propio en recibir algo a cambio.

Conducimos por la carretera sin dejar pasar al coche de nuestro lado, no vaya a ser que lleguemos tres segundos tarde a nuestro destino. Si no consigue cambiarse de carril para tomar su salida, ya se apañará. Que se lo hubiese pensado antes. Nos impacientamos haciendo cola en el súper y miramos por encima del hombro a la cajera que no atina con la caja registradora. Por su culpa llegaremos un minuto tarde a nuestros hogares. Ya podrían poner a otra persona más experta, no a esa niña que debe llevar dos días en el puesto de cajera y no se entera. Pasamos por delante del vagabundo que nos pide limosna haciendo ver que no está ahí, no vaya a ser que por darle un maldito euro nos hagamos más pobres de lo que ya somos. Nos hacemos los locos cuando vemos a un turista perdido en medio de la ciudad intentando descifrar el mapa que sostiene con las manos. Para qué vamos a decirle dónde se encuentra, ya se apañará él solo. Que se compre un GPS. Vamos a los bufetes libres y arrasamos con toda la comida que nos ofrezcan. Aunque no tengamos hambre y lo dejemos todo en el plato. Lo importante es hacer el gasto. Tiramos montones de ropa vieja a la basura porque el contenedor de donación de ropa está demasiado lejos de nuestras casas. Total, no hay que fiarse de esos contenedores. Seguro que alguien termina abriéndolo y buscando ropa para llevarse a su casa. Está claro que el que rebusca no la necesita tanto como las personas a las que va destinado ese contenedor. Nos hacemos los locos cuando un compañero de trabajo no se aclara con una tarea que le han asignado, aunque nosotros sepamos hacerlo. No vaya a ser que aprenda demasiado rápido, termine haciéndolo mejor que nosotros mismos y nos deje mal delante del jefe. Nos hacemos los locos cuando vemos llegar a nuestra vecina cargada de bolsas de la compra y pasamos de largo sin ofrecernos voluntarios a ayudarle con la carga, no vaya a ser que nos dé la bolsa que más pesa y terminemos cargando como burros, o no vaya a ser que se lo tome como costumbre y siempre que nos vea nos dé sus bolsas.

Nos quejamos de la mala gente. No hacemos nada por los demás porque por nosotros tampoco nadie hace nada. A nosotros no nos ayudan con nuestra compra, no nos echan un cable en el trabajo, no nos dejan pasar con nuestro coche para incorporarnos a la carretera. Si ellos no lo hacen ¿para qué vamos a hacerlo nosotros? Estamos rodeados de mala gente, pensamos. Pero no nos damos cuenta que nosotros también somos mala gente. No pensamos hacer jamás por los demás lo que nadie haría por nosotros mismos.

Fotograma extraído del corto "Cadena de favores"
Fotograma extraído del corto “Cadena de favores”

Así no vamos bien. ¿Qué tal si dejamos nuestra actitud hipócrita que adoptamos en Navidad y nos convertimos en esas bellísimas personas que somos durante estas fiestas? Porque en realidad somos bellísimas personas, lo que pasa es que no nos acordamos. Dejemos de pensar que los demás están en contra de nosotros. Dejemos de pensar mal de las personas. Dejemos de actuar como máquinas y volvamos a ser seres humanos. Enseñemos a los demás a hacer favores. Esto es una cadena. Si ayudamos a los demás, éstos ayudarán a su vez a otros y llegará un día en que nos ayudarán a nosotros. Hagamos cosas buenas por los demás, y no por el hecho de sentirnos bien con nosotros mismos, sino por el placer de hacer sentir bien a la otra persona. Solamente así podremos empezar a cambiar el mundo. 

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