Agua que no mata

Miro mis pies descalzos con detenimiento. Están agrietados. Dicen que en el primer mundo las mujeres utilizan productos para hidratarse. Es el menor de mis problemas, la verdad. Oigo llorar a mi bebé. Tiene hambre. Es el más delicado de mis cinco hijos. Todavía le doy el pecho aunque hace tiempo que eso ya no le alimenta. Me acerco a él para cogerlo en brazos con dulzura y me regala la primera sonrisa de la mañana.
Mientras le doy de mamar, la mayor de mis hijas prepara los cubos. Es hora de partir a por agua. Si salimos ya, podremos volver a casa para el medio día. Me coloco un gran pañuelo atado a mi espalda y pongo a mi bebé dentro de él. Ya no puedo llevar tanto peso como antes porque mi hijo cada día pesa más. Si consigo que viva un año más y aprenda a caminar, podré volver a tener mi ración de agua habitual. Mientras, debo reducir la dosis.

Partimos al alba mis cinco hijos y yo con una sonrisa. Nos gustan estas caminatas porque son horas que pasamos unidos. Tres horas de ida para llegar al río más cercano y tres horas de vuelta. Ese es el inicio de nuestra jornada.

Al llegar a nuestro destino mis hijos aprovechan para jugar con unas piedras que han encontrado por el camino. Les veo felices a pesar del hambre que tenemos todos. Yo me concentro en la tarea de llenar los cubos lo máximo posible. Dicen por ahí que en el primer mundo el agua que se bebe es transparente. Nosotros solo conocemos el agua de color marrón. Siempre padecemos de enfermedades gastrointestinales y sabemos que es por culpa de este agua que bebemos. Uno de mis hijos murió por este motivo. Es posible que mi bebé muera de lo mismo.

agua que no mataAl llegar a nuestra aldea, vemos a nuestros vecinos gritando de alegría. Algo ocurre. Todos corren. Los niños saltan y cantan. Con lágrimas en los ojos vislumbro lo que parece un sueño. Han llegado. La gente del primer mundo ha llegado. Camiones llenos de comida. Ropa. Medicinas. Lápices de colores. Libros. Mis hijos salen corriendo a abrazarles. Se acercan extrañados a una de las mujeres. Tiene el pelo y la piel de unos tonos mucho más claros que nosotros. Es raro. La mujer intenta espantar las moscas de la cara de uno de mis hijos. Yo ni siquiera me había percatado de ellas. Me acerco con ilusión para ver qué nos ofrecen. No entiendo su idioma pero nos hablan con dulzura. Me enseñan unos dibujos que nunca había visto. Es como una especie de proyecto. Y de pronto, empiezo a entender a lo que han venido. Nos traen agua cristalina. Agua limpia para todos nosotros. Hace un tiempo oí que llegaron a una lejana aldea unas personas del primer mundo y consiguieron construir un pozo de donde sale agua potable. Y ahora es nuestro turno. Vienen para construir un pozo. ¡Voy a tener agua en mi propia aldea! ¡Agua que no mata! Miro agradecida a esas personas de piel pálida. Gracias a ellos hoy empieza una nueva etapa en nuestra aldea. Hoy todos volvemos a tener esperanza. Hoy miro a mi bebé ilusionada. Hoy estoy más convencida que nunca que hay solución. Hoy sé que mi hijo tendrá una oportunidad para vivir.

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