Una gota en el mar

– Buenos días -dije nerviosa -vengo a una entrevista de trabajo con la Sra. Pérez.

– De acuerdo, ahora le aviso. Por favor tome asiento. -dijo una amable recepcionista.

Veinte minutos después, mis nervios empezaban a manifestarse con una mezcla de enfado por llevar tanto rato esperando sin ser atendida. Cuando por fin la entrevistadora vino a buscarme, mis nervios ya se habían disipado y solamente quedaba en mí un mosqueo por haberme hecho esperar tanto rato. Una vez dentro de la sala de reuniones, la disculpé con mi mejor cara. Y empezó la entrevista.

Que si qué has estudiado, que si qué hiciste en ésta y otra empresa, que si hablas inglés, etc. Y yo, como un loro de repetición, fui respondiendo las preguntas de manera me mecánica. Lo había hecho tantas veces que ya sabía las respuestas incluso antes de que me formularan la pregunta.

Y llegó el momento de hablar del salario. Estaba preparada para una cifra baja. Mis expectativas salariales habían ido bajando considerablemente con el paso del tiempo. Oí la cifra con la sensación de que me estaban tomando el pelo. ¿En serio tanto por tan poco? Entonces empecé a recordar mi pasado.

Años y años estudiando. Fines de semana en plena adolescencia encerrada en casa preparando exámenes. Madrugones para ir a trabajar mientras compaginaba mis estudios y llegando a casa a las diez de la noche. Trabajos basura. Trabajos muy buenos pero como becaria, por aquello de adquirir experiencia y sin cobrar un euro. Trabajos mejores en los que puse en práctica lo que aprendí. Y de pronto, el paro. Volvemos a empezar. Volvemos a partir de cero. ¿Volvemos a los trabajos basura? ¿Me inicio en la precariedad laboral? De pronto lo entendí. Solo tenía dos opciones: el paro o la precariedad.

Pero mi orgullo tenía vida propia. Él seguía en el mundo de fantasía en el que todos los que habíamos estudiado y trabajado tanto, a estas alturas tendríamos un empleo en condiciones. Y mi orgullo habló por mí. Se negó a aceptar la cifra de la entrevistadora.

La Sra. Perez mostró su descontento colocándose en su asiento para estar más alta que yo y sentirse superior. La imité.

– Pero vamos a ver… ¿Tu de verdad quieres trabajar con nosotros?

– ¿Tú de verdad quieres contratarme?

– Estás entre otros candidatos que sí aceptan el salario que ofrecemos.

– Vosotros también estáis entre otras empresas que quieren contratarme. -contesté harta de que todas las empresas se crean que tienen el poder sobre los empleados.

Demostré mi valía y quizás también mi orgullo y eso hizo que la entrevista se pusiera dura. Salí de allí enfadada con el mundo. Enfadada con todos menos conmigo misma. Me sentía orgullosa. Quizás no me contratarían, pero al menos supe que con mi actitud estaba dejando una gotita de agua pura en un mar contaminado por la precariedad laboral. Me fui de allí con la esperanza de no ser la única que hiciera algo así. Porque si todos actuaran demostrando su valía, otro gallo nos cantaría.

una gota en el mar

 

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