Días grises

Todos nosotros en algún momento de nuestras vidas hemos tenido uno de esos días en los que absolutamente todo lo que hagas, te sale mal. Son días grises. Te levantas con mal pie y ya no hay manera de arreglarlo hasta que no te vuelvas a levantar al día siguiente. Os voy a contar uno de esos días de mi vida que pasarán a la historia, no por memorable sino por gris. Mi día en Washington.

Estábamos mi pareja y yo en Nueva York preparándonos para pasar un bonito día en Washington. Yo, que soy muy resuelta para estas cosas, preparé la excursión meses antes desde España. Tenía los billetes de autocar comprados para salir desde Nueva York a las 8 de la mañana, llegar a Washington a las 12h del mediodía, pasar un bonito día allí y volver a las 5 de la tarde. Con cinco horitas en la ciudad nos daría el tiempo suficiente para comer por allí, ver la Casa Blanca, pasear un ratito por la zona y volver tranquilamente para Nueva York.

Llegamos a la parada de autocar a las 7,30h de la mañana para asegurarnos no perder nuestro único medio de transporte. Llegaron todo tipo de autocares de diferentes compañías. Llegaron todos menos el nuestro. A las 8,30h empezamos a impacientarnos, así que decidí preguntar a un portero que trabajaba en el portal que teníamos justo frente a la parada. Mira que con el inglés me entiendo bastante bien, y eso que los neoyorquinos tienen ese acento tan diferente al de los ingleses, pero a ese hombre no había manera de entenderle. Era como si a un alemán le habla uno Cádiz, que por mucho que el alemán sepa español, el acento del gaditano no lo va a pillar ni a la de tres. Así que eso me pasó a mí con ese amable señor. Yo solo entendía: güeihia güeihia. Hasta que descubrí que el hombre me decía “whait here”, es decir, “espera aquí”. Estábamos de los nervios. Y eso que el señor, que era un hombre negro grandullón y achuchable tipo el Sr. Banks de El Principe de Bel-Air, fue de lo más amable con nosotros y nos tranquilizó todo lo que pudo. A las 10h de la mañana y después de unas cuantas llamadas telefónicas a la compañía de autocares sin respuesta alguna, nos dimos por rendidos y asumimos que nos habían timado. Decidimos irnos para nuestro apartamento cuando, al girar la calle,¡vimos que venía nuestro autocar! Salimos corriendo de vuelta a nuestra parada, que se encontraba a una manzana de nosotros (debo indicar que una manzana de Nueva York no tiene las mismas dimensiones que una manzana de Barcelona, de ahí el nombre “the big apple” o “la gran manzana”). Llegamos exhaustos y con la lengua fuera pero, después de dos horas y media, conseguimos subir a nuestro ansiado autocar.

dias grises
Nuestro amigo portero, igualito al Sr. Banks

Una vez dentro, descubrimos que la temperatura húmeda y calurosa de la calle, había desaparecido. Nos encontrábamos en el Polo Norte. Los pasajeros ya experimentados, vestían con vaqueros, zapato cerrado y chaqueta. Nosotros, tuvimos que aguantar estoicamente con nuestra ropa de verano, los 12 grados del aire acondicionado. Salimos de la ciudad y entramos en la autopista cuando un nubarrón se posó sobre nosotros. Pintaba mal, muy mal. Y así fue. Al rato empezó a caer una de esas tormentas que vemos en las películas en las que no ves absolutamente nada de la carretera. El autocar iba a 20km por hora. La autopista estaba a reventar de coches. Y nosotros con 12 grados, tapándonos con la cortina del autocar. Hora prevista de llegada, 12h del mediodía. ¡Ja! Eran las 2 de la tarde y todavía estábamos a medio camino. El resto de viajeros ya se habían comido la comida que tenían preparada en su mochila. Nosotros, que teníamos previsto comer en Washington, solamente habíamos llenado nuestra mochila con una pequeña caja de cereales para el desayuno y dos plátanos. Esa fue nuestra comida. Llegamos a Washington a las 4 de la tarde. En una hora debíamos volver a Nueva York. Yo estaba hundida. La excursión que había preparado con tanta ilusión se había ido al garete. Una hora en Washington no daba para mucho. Propuse comer algo y esperar al autocar de vuelta, pero mi pareja, que le gusta más la aventura que a un tonto un lápiz, dijo: ni hablar, nos subimos a un taxi que nos lleve a la Casa Blanca, nos hacemos la foto de rigor, y nos volvemos a Nueva York. Y eso hicimos. Llegamos a la Casa Blanca a las 4,30h y en media hora salía nuestro autocar. Teníamos 5 minutos para ver la casa del presidente. Salimos del taxi y una nueva tormenta nos cayó encima. Salimos corriendo y yo, que esto de correr no se me ha dado nunca bien, tropecé con un adoquín y estampé mi cara contra el suelo a las puertas de la Casa Blanca. Ya no quería ni levantarme. Empecé a llorar, con la rodilla sangrando y empapada por la lluvia. Mi pareja, como siempre, tiró de mí hacia arriba y me llevó a la puerta. Le dijimos a un turista que nos hiciera la foto mientras yo lloraba como una Magdalena y nos volvimos a nuestro apartamento en Nueva York.

dias grises washington
Y ésta es la única foto que pienso publicar de ese día… no me busquéis, no salgo en ella.

Así que mi visita a Washington se reduce a una caída frente a la Casa Blanca, una foto en la que salgo llorando desconsoladamente, ropas empapadas por la lluvia y dos estómagos vacíos que comieron a las 8h de la tarde ya en Nueva York.

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