Cenicienta de profesión

– ¡Mamá! Mañana tengo partido, no te olvides de lavarme la ropa de entreno. -Me dice mi hijo desde el sofá.
– Si, hijo, ya la tienes limpia. -Le digo desde la cocina mientras me limpio las manos llenas de harina en mi viejo delantal.
-Hola cariño. -Me dice mi marido al entrar en casa, dándome un beso con ternura en la mejilla. -Vengo reventado de trabajar. Ponme una cerveza bien fresquita, anda, y ponme unos taquitos de queso de esos que cortas tan bien. -Me dice mientras se dirige al sofá.

Le acaricia la cabeza a nuestro hijo a modo de saludo, se sienta junto a él y empiezan a hablar sobre el partido de fútbol que dieron anoche en la tele. Yo, mientras tanto, dejo a un lado la cena que estoy haciendo y me pongo a cortar queso para mi marido. Cuando lo tengo cortado a taquitos, preparo la mesa que hay frente al sofá mientras mi familia está absorta con la televisión.

-Mamá, tráeme una Coca-Cola, ya que estás de pie. -Me dice mi hijo mientras dejo los taquitos de queso y la cerveza encima de la mesa.
-¡Cariño! Faltan los tenedores. -Oigo a mi marido de fondo.
-Teníais palillos en el cajón del mueble de la tele. -Les digo al llegar con los tenedores y la Coca-Cola.
-Ah, pues yo prefiero palillos. -Me dice mi hijo con la mirada fija en la televisión.

Abro el cajón mientras escucho “¡Mamaaaaaaaaá! Aparta, que no veo la tele.” Me agacho como puedo para no molestar y les dejo los palillos encima de la mesa. Vuelvo a la cocina y apago el fuego. La cena ya está lista. Me quito el delantal y lo cuelgo con cuidado detrás de la puerta.

-Id acabando con el picoteo, que ya está la cena. Y ayudadme a poner la mesa -ordeno sin resultado alguno.

Como ninguno de los dos se mueve y yo ya tengo hambre, me dispongo a preparar la mesa yo sola. Preparo los platos con el pescado rebozado en harina, pongo los cubiertos, las servilletas, el pan, saco la ensalada de la nevera y la pongo en el centro.

cenicienta de profesión

-Vamos, a cenar. -Digo sentándome, rendida. De pronto, vuelven a la realidad y se sienta cada uno en su sitio habitual.
-Falta el agua. -Dice mi marido. -Pero ya voy yo. -Me dice haciendo el amago de levantarse.

Se sienta en el momento en el que ve que yo ya me he puesto en pie. Vuelvo de la cocina con la jarra de agua y me siento a la mesa con ganas de empezar a comer. Estoy hambrienta.

-Mamá, falta el ketchup. Ya sabes que soy incapaz de comerme este pescado rebozado así, a secas.
-Hijo, deja tranquila a tu madre y ves tú a por el ketchup, que ya tienes veinte años para que te estén sirviendo. -Se atreve a decir mi marido.

Mi hijo se levanta con desgana y se va a la cocina a buscar la salsa. De lejos le oigo abrir todos los armarios posibles.
-¡Mamaaaaaaá! ¿Dónde está? ¡No lo veo!
– En la nevera. -Digo levantando la voz para hacerme oír.
– ¿En qué estante? No lo veo…
– En la puerta de la nevera.
– ¿Al lado de los huevos?
– No… Al lado de la leche, a la izquierda.
– ¡No lo veo!
Me levanto y voy al rescate del ketchup.
– Aquí lo tienes.

Vuelvo a la mesa y por fin me dispongo a probar el primer bocado. Miro el plato de mi marido y veo que él está a punto de acabar de comer. Miro la ensalada y veo que apenas queda ya para mí.

-Cariño, levántate y enciende la luz, tú que estás más cerca. Está anocheciendo y ya apenas veo lo que como.

De pronto, la furia se apodera de todo mi ser. Aprieto los puños con la misma fuerza que los apretaba hace veinte años en una sala de partos. Noto cómo mi cara se enrojece y, sin apenas darme cuenta, golpeo la mesa con los puños cerrados con toda mi fuerza. Y vuelvo a levantarme de mi silla. Pero esta vez no me muevo. Miro a mi marido y a mi hijo con los ojos enrojecidos y así, sin más, grito:

– ¡¡BASTA YAAAA!! ¿Quién os habéis pensado que soy? ¿Vuestra Cenicienta? Todos los días igual. ¡Ya está bien de aprovecharos de mí! ¡Yo también quiero comer y apenas he probado bocado!

– Cariño… – Intenta tranquilizarme mi marido acariciándome el brazo desde su silla.

– ¿Qué? – Escupo llena de ira.

– Que te relajes. No te hemos hecho nada. Te pones como una furia por una tontería.

– ¿Eres consciente de todo lo que me pedís?

– Cariño… ¿Eres consciente de todo lo que he trabajado hoy? Vengo reventado, ya te lo he dicho.

– Y yo estoy de exámenes. –Interviene mi hijo.

– Vete a tu habitación. – Le ordeno hecha una furia. – Luego voy a verte y a decirte cuatro cosas, pero primero tengo que hablar con tu padre. –Digo apretándome las sienes con mis dedos índice y pulgar conteniéndome de pegarle un bofetón en la cara a mi propio hijo.

Espero un tiempo prudencial hasta que veo que la puerta de la habitación se cierra, respiro hondo y empiezo mi discurso.

– Voy a decírtelo una sola vez y espero que te quede claro. Llevas trabajando en una oficina, que no en una mina, desde las nueve de la mañana. Yo llevo trabajando en casa desde las siete. Me he tirado dos doras limpiando la casa. Al acabar, he salido a comprar ese queso que tanto te gusta, entre otras cosas. He llegado a casa cargada como una mula. He guardado todo en su sitio, incluido el ketchup de tu hijo. He puesto dos lavadoras. Cuando se han acabado, he tendido toda la ropa. Mientras se secaba he hecho la comida y te he puesto la mesa para que te diera tiempo a comer y descansar un rato en tu hora de descanso del trabajo. Cuando te has ido he recogido toda la ropa del tendedero y me he tirado toda la tarde planchando. Hace un rato he empezado a preparar la cena. Has venido, te he preparado tu queso. Os he puesto vuestras bebidas encima de la mesita de la tele para que picarais algo mientras yo acababa de hacer la cena. He puesto la mesa y, ahora mismo, en vez de cenar y descansar, que es lo que me merezco, tengo que estar aquí, de pie, en medio de nuestro salón para justificar MI TRABAJO. Espero que sea la última vez que no lo valoras y que crees que te mereces tener una sirvienta porque estás cansado, porque la única diferencia que hay entre tu trabajo y el mío es que tú cobras dinero y YO NO. Y ahora, me voy al cuarto de nuestro hijo a EDUCARLO, que es otra de las funciones de mi profesión.

Entro en la habitación de mi hijo, que me mira con cautela y empiezo mi segundo discurso.

– Hijo, quiero que aprendas a valorar el trabajo que hago en casa. Pronto tendrás novia y te irás a vivir con ella. Afortunadamente, las nuevas generaciones de mujeres no son sumisas de una casa. Tendrás que llevar el hogar junto a ella, porque ella también trabajará fuera. Cuando lleguéis los dos del trabajo, estará todo por hacer y será responsabilidad de los dos llevarlo todo adelante. Valora las tareas del hogar, porque las cosas no se hacen solas. Te has acomodado porque yo te lo hago todo, pero esto un día se acabará y no habrá nadie que lo haga por ti. No esperes que lo haga ella, porque no será su deber. Cuídala porque será una mujer trabajadora dentro y fuera de casa y ella esperará que tú también seas un hombre trabajador dentro y fuera de casa. Tenlo muy en cuenta y no la trates como tu sirvienta o como si fuera tu madre, porque no lo será. Porque las mujeres no hemos venido a este mundo para ser sirvientas de nadie. Cambia ya el chip y empieza a responsabilizarte de tus cosas. Si entiendes esta lección, te irá muy bien en tu futura convivencia.

Y por una vez, siento que he hecho algo bueno por las mujeres. Espero haber ayudado a mi futura nuera para que no tenga que pasar por lo mismo que yo. Porque espero y deseo que mi hijo no tenga con su futura pareja la actitud que tiene su padre conmigo. Y media hora después de mi discurso, como por arte de magia, padre e hijo recogen la mesa mientras yo descanso en el sofá.

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