Visitando la Costa Brava

Después de una semana viviendo en el paraíso, volvemos a la realidad. He tenido unos días para desconectar de los problemas mientras doraba mi piel al sol de la Costa Brava. Y como vuelvo tan encantada de mi pequeño viaje, voy a aprovechar este post para contaros las maravillas que hay en una de las más bellas costas que tengo el placer de conocer.

Dejando a un lado los hoteles, ya que por esta época son muy caros, mi pareja y yo decidimos instalarnos en un camping muy cerquita de Palamós. Como soy un poco sibarita y no me meto en cualquier sitio, en vez de tienda de campaña, escogimos una especie de iglú en el que nos encontramos con las comodidades del típico bungalow pero a un precio mucho más económico. La forma tan característica de estos bungalows es uno de los motivos que han hecho que hayamos estado de maravilla.

costa brava

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Pero sin duda, lo mejor de nuestra estancia estaba por llegar. Sin esperar un minuto más, ya desde el primer día ya nos fuimos directos a Platja Castell, una preciosa playa de aguas cristalinas donde las haya. Pero como nosotros somos más de calas, por aquello de evitar el gentío y la arena fina pegada en todas partes de nuestros cuerpos, decidimos visitar las calas que nos ofrecía el entorno. Desde Platja Castell hicimos senderismo durante cuarenta minutos para llegar a Cala Estreta, no sin antes pararnos en todos los recovecos que íbamos descubriendo. Cala Estreta es el paraíso por excelencia. Poca gente, aguas cristalinas, arena gorda y todo un mundo por descubrir bajo el mar.

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Como no podíamos irnos de Palamós sin probar sus famosas gambas, fuimos a cenar al pueblo para descubrir por nosotros mismos si las gambas de Palamós merecían su fama. Y efectivamente, las gambas estaban buenas, frescas y… muy caras. Excesivamente, diría yo. Así que como nos cobraron más de dos euros por gamba, no dejamos títere con cabeza.

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Decidimos visitar otros pueblos cercanos a Palamós para descubrir sus calles, sus gentes y sus playas. Quedamos encantados con Calella de Palafrugell. Casas blancas, olor a mar, tiendas llenas de productos marineros. Todo me hacía recordar constantemente que estaba de vacaciones y que era tiempo de disfrutar.

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Otro pueblo que nos robó el corazón, sin duda, fue Begur. Subido a una montaña, el pueblo nos ofrecía un aire menos playero y más hogareño. Aún así, Begur disfruta geográficamente de una gran cantidad de playas y calas. Atraídos por su nombre, fuimos directos a Platja d’Aiguablava (playa de agua azul, en castellano). Sin embargo, la masificación de gente que nos encontramos hizo que perdiera todo el encanto. Aún así, el agua cristalina seguía estando ahí.

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Esto tan solo es una pincelada de todas las maravillas que nos ofrecían la naturaleza y los pueblos de la zona. Si todavía no os habéis ido de vacaciones y no tenéis destino, os recomiendo encarecidamente que visitéis la Costa Brava. No os decepcionará.

 

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