Vivir sin luz

Eran las diez y media de la noche cuando me encontraba cómodamente tirada en el sofá de mi salón, con el pijama de verano puesto y con el pelo recogido en un moño despeinado, de esos de andar por casa. Mi mano izquierda sujetaba el mando de la tele y estaba decidida a no soltarlo hasta irme a la cama. Mi vista se perdía en la luz que desprendía el televisor de 40 pulgadas que reposaba frente a mí en el mueble del comedor. En él, el capitán del barco discutía bajo la tormenta con la malvada co-protagonista de la serie. Aguantaba con fuerza el timón para no volcar y caer al agua. Debía salvar su adorado barco pirata, debía salvarlos a todos, debía luchar contra la tormenta, aunque para ello debiera utilizar la magia oscura de la malvada co-protagonista. Sabía que su magia le traería represalias, pero no quedaba otra opción. Estaba decidido, aceptaría el trato. Y de pronto, el trepidante ruido de la tormenta cesó y el mundo se paró. El capitán pirata se quedó con la frase a medias y la pantalla del televisor se apagó.

Toda mi casa se oscureció y el silencio invadió mi vida. Me asomé a la ventana para descubrir que el apagón provenía de todo el barrio. Encendí el móvil para hacerme ver entre la penumbra y fui a buscar velas. Cuando el salón de mi casa habia adquirido ya el suficiente aire romántico, decidí llamar a mi hermana para saber si ella también estaba sin luz. Y ahí fue cuando empecé a darme cuenta de lo inútiles que son nuestras vidas sin electricidad. No podía llamarla porque el teléfono no funcionaba. No podía encender el ordenador porque no tenía luz. La tablet sí funcionaba ya que estaba cargada de batería, pero al no tener tarjeta sim, tampoco la podía usar para conectarme a la red. Decidí leer un poco, pero mi libro electrónico se encontraba sin batería y no podía cargarlo a la luz. Sin televisión, sin Internet, sin teléfono, sin vida.

vivir sin luz

Me descubrí a mi misma sentada en el sofá con la mirada perdida en la televisión apagada, sin nada que hacer. De pronto, giré la cabeza a la izquierda y me di cuenta que la persona que estaba sentada junto a mí se encontraba en la misma situación que yo. Entonces ocurrió algo mágico. Nos pusimos a hablar. Nuestro rato habitual de cada noche de estar cada uno a lo suyo, desapareció.

El murmullo de voces empezó a invadir las calles del barrio. Los vecinos se asomaron a sus ventanas y empezaron a hablar entre ellos. Las oscuras casas se llenaron de vida. Y durante treinta minutos, el barrio entero se desonectó de sus aparatos electrónicos y  compartió el momento de vivir una vida distinta. De vivir una vida real.

 

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