Soy una superwoman

Sandra:

Juego con una piedrecita del parque dándole pataditas mientras contemplo a los niños jugar, sentada en un banco. Mi amiga lleva un rato hablándome de la pediatra de su hijo. Yo no tengo hijos, así que el tema de conversación me es un poco indiferente, pero como sé que mi amiga necesita desahogarse, le dejo que hable. De vez en cuando le miro y le sonrío porque sé que para ella todo lo relacionado con sus dos hijos es importante.

Mi amiga Verónica es una superwoman. Entre el trabajo, los niños, el marido que, según ella, no le ayuda todo lo que debiera en casa, el jefe tocanarices, la suegra metomentodo… no me extrañaría nada verla aparecer un día de éstos por mi casa con la maleta, los pelos de loca y los ojos en blanco diciéndome: no puedo maaaaaaaás. Pero no lo hará. Porque ella puede con ésto y mucho más. A veces pienso que sus días deben tener 48 horas porque si no, es imposible que saque tiempo para todo.

Verónica:

Estoy sentada en un banco del parque donde llevo a mis hijos cada tarde, explicándole a mi amiga Sandra lo que me dijo la pediatra del niño el otro día. Ella juega con una piedrecita dándole pataditas mientras le hablo. Seguramente no le interesa en absoluto mi tema de conversación, pero me escucha porque sabe que necesito hablar con un adulto de vez en cuando. Sandra es una superwoman. No tiene pareja ni hijos. Vive sola en un apartamento en la zona más céntrica de la ciudad. Es pequeño pero lo tiene decorado con mucho gusto. No podía ser de otra forma, porque es diseñadora de interiores. En realidad es arquitecta, pero no ejerce. Al parecer el diseño de interiores le atrae más. Es autónoma. He llegado a verla a horas intempestivas de la noche sentada frente a su ordenador. Le dedica el 100% de su tiempo a su trabajo. Aún así, todavía tiene alguna hora libre para arreglarse el pelo, ir de compras y vestir a la última moda. Pero eso no es todo, su estudio siempre está limpio y ordenado.

Sandra y Verónica:

– A veces me gustaría hacer magia como haces tú para tener una hora más en mi día para arreglarme un poco. –le dice Vero a Sandra, cambiando de tema de manera drástica.

– Precisamente yo estaba pensando lo mismo de tí. –dice Sandra sorprendida por el comentario de su amiga. –No sé como consigues sacar tiempo para cuidar de esos dos monstruitos que tienes por niños. Yo solo tengo tiempo para mí. Si tuviera que cuidar de más personas, no me daría tiempo a nada.

– Bueno, porque le dedicas mucho tiempo a tu trabajo. Ya me gustaría a mí poder dedicarle el tiempo que yo quiero al mío. Sin embargo, he tenido que solicitar la reducción de jornada porque si no, sería imposible cuidar de los niños. He tenido que dejar mi carrera de lado. He tenido que elegir entre el trabajo y los niños. Y claro, en consecuencia, cobro mucho menos que mi marido. Aunque estemos en pleno siglo XXI, son pocas las mujeres que consiguen conciliar su vida familiar con la laboral. Y no te creas, Sandra, no tengo tanto tiempo. Mi casa está hecha un desastre y mírame a mí, hace un mes que tendría que haber ido a la peluquería a teñirme estas canas, pero en vez de eso, estoy aquí esperando a que mis hijos se bajen del columpio.

– No te pienses que lo mío es un camino de rosas, Vero. –dice Sandra esta vez mirando al infinito. –No te imaginas el esfuerzo tan grande que tengo que hacer en mi trabajo para que crean en mí. No me toman tan en serio como a mis colegas porque estoy metida en un mundo de hombres. ¿Por qué crees que me he especializado en el diseño de interiores? Porque como arquitecta no creen en mí. Soy mujer, ¿recuerdas? Tengo que trabajar el doble para demostrar que soy igual que ellos. Y claro que siempre voy arreglada. Mi trabajo me lo exige. Soy mi propia carta de presentación. Un hombre se pone un traje y ya lo tiene todo solucionado. Yo no. Yo tengo que estar siempre delgada, bien peinada, maquillada, vestida a la última moda y todo para que, al menos, de buenas a primeras crean un poco en mí. Y no hablemos de mi apartamento. Si atiendo a alguna visita en él, debo tenerlo limpio y ordenado porque mi piso es mi verdadera carta de presentación. Es agotador.

– Eres una superwoman si consigues hacer todo eso para que crean un poco en ti. –dice Vero mirando con admiración a su amiga.

-Tú también debes ser una superwoman si consigues cuidar a tus hijos y educarlos además de trabajar.

Soy una superwomanSandra y Verónica no son heroínas como ellas creen. Son seres humanos de carne y hueso. Con sus defectos y sus virtudes. Sin embargo, la sociedad les ha hecho creer que si quieren triunfar deben hacer uso de sus superpoderes. Porque son mujeres. Y solamente por eso, se les exige el doble. Se les exige ser heroínas. Y hasta que esto no cambie, siempre tendrán que demostrar que tienen poderes super especiales para que crean en ellas. Sandra y Verónica se levantan del banco del parque y se van pensativas, cada una a su casa, a su mundo, para seguir luchando en una sociedad que aún, en pleno siglo XXI, sigue siendo machista.

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