Historias de verano

El sonido de un Whatsapp me ha hecho perder el partido del Fifa que tan emocionante se estaba poniendo.”Eh tío, ¿te vienes mañana a la playa en bici?” Otra vez Marcos me insiste para que vaya con él a hacer deporte. Marcos se dedica a su cuerpo día si, día también, porque su profesión lo requiere. El hecho de ser profesor de windsurf le obliga a tener que hacer ejercicio todos los días, pero no le importa. Es más, le encanta practicar todo tipo de deportes. Yo, sin embargo, estoy más a gusto jugando a la Play Station en casa. Practicar fútbol virtualmente es todo el deporte que me consiento hacer. Pero claro, cuando comparo mi barriga cervecera con su estómago plano, me da un poco de envidia, hay que reconocerlo. Además el tío se depila y todo. Con lo que debe doler eso… Yo soy más bien del tipo macho ibérico. Y es que ya se sabe, el hombre y el oso, cuanto más peludo, más hermoso, aunque él me insiste en que ese lema está ya pasado de moda.

Mientras espero a que se cargue el siguiente partido en mi Play Station, dudo sobre qué contestarle a Marcos. Por un momento pienso en mil excusas, hasta que el reflejo del televisor me devuelve a la cruda realidad. La caja tonta me ofrece una imagen de mí mismo que no me gusta un pelo. Tirado de mala gana en el sofá, me llevo un cigarro a la boca mientras sostengo el móvil con la otra mano. Estoy sin camiseta, con mi barriga en todo su esplendor. Los pantalones negros de deporte que llevo puestos me recuerdan que es hora de darles otro uso que no sea el de estar por casa. Cuando el siguiente partido empieza, yo ya me he decidido. Juego uno más y le contesto a Marcos para confirmarle que voy.

historias de veranoA las 9,30h de la mañana llegamos a la playa exhaustos. Bueno más bien yo llego exhausto. Marcos, que parece sacado de la factoría de Mattel, luce descansado. Hemos recorrido en bici los trece kilómetros de paseo que unen el pueblo con la playa. Esto es todo un récord para mí. Con lo que acabo de hacer esta mañana, ya tengo para toda la semana. Pero Marcos no. Decide que es buena idea que vayamos a la zona de los columpios infantiles y allí hagamos algunas abdominales. Aparco mi bici mientras pienso que Marcos no debe estar bien de la cabeza. Me cruzo con dos chicas que, aunque son bajitas, son bastante guapas. Una morena con el pelo corto, otra rubia con el pelo largo. La morena aparca su bici junto a mí, mientras que la rubia se quita sus patines.

– ¿Has visto a ese tío? –dice la morena.

Por supuesto, se refieren a Marcos. Creo que ni siquiera han reparado en mí. Y ahí veo a Marcos acercándose a ellas con decisión.

– Cómo cuesta ir en patines con el viento en contra, ¿verdad? –le dice Marcos a la rubita.

– Si, es verdad. –se sonroja –La subida del puente me ha matado.

– ¡Uy, pero si mi amiga es una crack con los patines! –responde la morena. –Lo difícil es ir en bici. He tenido que pedalear muy fuerte para que no se me llevase el viento.

– Eso es porque seguramente llevabas una marcha que no te venía bien. Cuando vuelvas prueba a poner la segunda. Te será más fácil. –explica Marcos.

–  ¿Si? –dice la morena coqueteando con las marchas de la bici. –Ah, pues lo probaré a la vuelta. Muchas gracias.

– Claro, tía, seguro que te irá mejor –responde la rubita, que no quiere quedarse fuera de la conversación. –Prueba a la vuelta a ver qué tal.

– Bueno, gracias por tu consejo. –se despide la morena haciendo ojitos.

Marcos se dirige a los columpios a hacer sus abdominales mientras yo me quedo sentado en un banco mirando hacia el mar. La rubia y la morena se sientan a mi lado.

-Madre mía, ¡pero qué bueno está ese tío! –dice la rubia con una sonrisa nerviosa.

-Yo me he quedado helada cuando nos ha hablado. Encima de guapo, simpático. –le responde la morena. A todo esto, yo sigo sin existir para ellas.

– Míralo, ¡ahora se pone a hacer abdominales! –susurra la rubita.

-¡Disimula! ¡Está mirando hacia aquí!

-Eso es que le hemos gustado. Seguro. Si no, ¿para qué iba a mirar?

Marcos empieza a agitar los brazos haciendo señas.

-¿Nos está diciendo que vayamos con él?–dice la morena nerviosa.

-¿Vamos? Ha sido muy simpático con nosotras. –propone la rubia.

-Espera, ¡se está acercando hacia nosotras! –a la morena le va a dar un síncope.

Marcos se acerca hacia nosotros con su sonrisa Profident, como dirían las dos chicas que tengo sentadas a mi lado.

-Venga cariño –me dice Marcos cuando llega hasta nosotros. –No seas perezoso. Levanta del banco que yo te ayudo a hacer las abdominales.

-Está bien –le contesto a Marcos con una sonrisa. –Pero solamente pienso hacer unas pocas.

-Venga, déjate de lamentaciones. -me dice mientras me planta un beso. -Cuando lleguemos a casa tendrás tu recompensa –me promete tirando de mi brazo para ayudarme a levantar. –Hasta luego chicas.

La rubia y la morena no son capaces de articular palabra. Sus caras han palidecido en cuanto Marcos me ha besado. Ahí lo lleváis chicas. Ahora sí os fijáis en mí, ¿eh? Este chico es mío. Y es que resulta que Marcos no tiene ojos para vosotras. Resulta que Marcos solo tiene ojos para mí. A Marcos no le gustan ni las rubias ni las morenas. Tampoco las barrigas cerveceras, pero no le importa la mía. Porque Marcos, es más que un chico guapo y simpático. Marcos vive por su físico porque su profesión lo requiere, pero no le da importancia al mío. Le da igual que yo sea gordo o delgado. Le da igual que tenga o no pelo en el pecho. Le da igual que yo sea hombre o mujer. Porque a Marcos lo que gusta, es mi esencia, mi ser. Y yo, solo por eso, ya le quiero.

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