Tabletas de chocolate

Esta semana en el club de escritura hemos hecho algo muy divertido. He tenido que inventarme un relato a raíz de dos líneas ya escritas por una de mis compañeras. Aquí os dejo las dos primeras líneas (que se las trae) y cómo he continuado la historia. ¡Espero que os guste!

Creía que no me gustaba el chocolate, pero me equivoqué por completo. El caso es que jamás me he dejado llevar por los topicazos y por supuesto… ¡no es el sustituto del sexo!

Cuando era más joven pensaba que al entrar en la cuarentena ya estaría casada y con hijos. ¡Qué equivocada estaba! Hoy celebro mis cuarenta rodeada de amigas, pero soltera. Me pregunto qué habré hecho mal para no conseguir mantener a un hombre a mi lado. Mis amigas me dicen que soy muy exigente y que a mi edad no debería buscar a un príncipe azul sino simplemente a un hombre. Que mis carnes ya no se conservan en el mismo sitio de antes y que los hombres de mi edad tienen más barriga y menos pelo que hace quince años. A veces pienso que mis amigas se unen en plan aquelarre de brujas para hacerme sentir mal, pero lo cierto es que lo hacen con toda la buena intención del mundo, por lo tanto, las tengo que perdonar. Y yo me pregunto… si soy capaz de perdonar a una amiga por comentarios de ese tipo ¿por qué motivo no soy capaz de perdonar a un hombre que me pone los pies encima de la mesa mientras me hace tragarme un partido de fútbol? Por más que divago sobre el asunto, no sé encontrar la respuesta a una pregunta como esa.

tableta de chocolateUna vez leí en el Vogue que el chocolate te hace liberar las mismas endorfinas que cuando practicas sexo. No creo en los topicazos, pero como me siento más sola que la una, me he tirado al chocolate. Y a alguna que otra copichuela también. Lo de las copichuelas es más común en mí, lo del chocolate no tanto. Así que aquí estoy, sentada en la barra de una discoteca con mi Gin Tonic y una barra de chocolate Nestlé traída de casa mientras veo a mis amigas pasándoselo bomba en la pista de baile. Claro, las pobres se pasan el día en el parque con sus hijos y cambiando pañales, así que para una vez que salen, lo dan todo.

Sentado a mi lado, un hombre repara en mi barra de chocolate. Buen aperitivo, me dice señalándola con su cerveza en la mano. Ya está el pesado de turno haciendo la gracia del día, pienso. Por aquello de ser educada, giro mi taburete y me quedo frente a él. Entonces ahí es cuando alucino. Sus canas a lo George Coloney hacen que me atragante con la onza que me acabo de meter en la boca. Viste una camiseta de algodón gris marengo con una chaqueta negra de cuero que hace que se te corte la respiración. Lleva unos vaqueros desgastados que pocos hombres se pondrían a su edad. Su pose, con un pie apoyado en el taburete y otro en el suelo, completan la imagen de lo que yo llamo un hombre sexy. Me lo imagino por un momento sin camiseta. Él si que debe de tener una buena tableta de chocolate y no la que tengo yo. Y por un momento, se me pasa por la mente decírselo. Pero por una vez en la vida, activo ese filtro mental que dicen tener el resto de mortales y que yo no tengo y me muerdo la lengua. Le suelto un escueto gracias y vuelvo a lo mío, a la única tableta de chocolate que voy a probar esta noche. Dios mío, con cuarenta años y cómo me tengo que ver. Vuelvo a mirar a mis amigas y las veo en un nivel de degeneración que empieza a preocuparme. Y entonces pasa algo por mi mente que no me esperaba. ¡Estoy compadeciéndome de mis amigas! ¡Yo de ellas! En vez de ser al revés, cómo viene siendo lo común, esta noche, son ellas las que me dan pena a mi. Las observo más detenidamente y empiezo a darme cuenta de cosas que hasta ahora no había visto. Bailan como degeneradas porque hace años que no se divierten en una discoteca. Yo salgo con mis compañeras de trabajo siempre que me apetece. Por otro lado, las pobres visten con lo primero que pillan porque su salario va todo destinado a la ropa de sus hijos. Yo lo que gano, me lo gasto en mí. No hay más que ver mis zapatos Manolo Blahnik que llevo. Y sus ojeras lo dicen todo. Los problemas de sus hijos y de sus maridos se convierten en sus propias preocupaciones y no les dejan conciliar el sueño. ¡Yo si no duermo es porque estoy de juerga! Empiezo a animarme por segundos. Vuelvo a girar levemente mi taburete y con el rabillo del ojo miro a mi George Clooney particular. Dios mío, está súper bueno y no ha dejado de mirarme. Pues nada, me lanzo a la piscina, qué leches.

– ¿Tienes algún sitio a dónde ir esta noche? –le digo con mi caída de pestañas habitual.

– A donde vayas tú –me dice con una sonrisa de medio lado.

Ya está, esa sonrisa me ha terminado de conquistar. Hoy rompo con dos topicazos. Primero, el chocolate no es el sustituto del sexo, pero gracias a él hoy he conocido al doble de George Clooney. Y segundo, tener cuarenta años y estar sin pareja no significa ser una solterona amargada. Tengo muchas otras cosas que me hacen feliz. Y si no tengo a un hombre en mi vida constantemente, ¿qué mas da? Quizás no he nacido para mantener a mi lado a una persona para los restos de mi vida. Quizás he nacido para vivir de otra forma. Soy soltera, independiente, inteligente y moderna. Y por suerte, las mujeres de hoy en día, podemos elegir otra forma de vivir.

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