Gente con vocación

El verano llega a su fin y quiero aprovechar los últimos días de sol al máximo. Hoy no hace mucho calor. Es uno de esos días en los que los rayos de sol te acarician la cara suavemente. Mis amigos y yo hemos decidido ir a comer una paella a un restaurante que se encuentra a orillas de la playa. Se está bien en la terraza. Unos aspersores nos rocían con agua ocasionalmente.

Me decido por una fideuá por innovar un poco. Está deliciosa. Si a eso le añadimos los mejores mejillones a la marinera que he comido en mi vida, podemos decir que el fin del verano acaba por todo lo alto. Llega la hora del café y de pronto tengo ganas de vomitar. Aviso a mis amigos. Me estoy mareando, les digo. De pronto, dejo de escuchar sus risas, dejo de ver todo lo que hay a mi alrededor y un pitido se amortigua en mi cabeza. Noto cómo mi marido me tira agua fresca por la espalda. Reacciono por un momento. Sólo por un momento. Cierro los ojos porque no puedo más. O eso creo. Todo se vuelve oscuro. Pasa una milésima de segundo cuando empiezo a enfocar la vista. Veo a un desconocido sujetándome los pies en alto. Pero si estoy sentada, pienso. Poco a poco, empiezo a ver con más claridad. A mi alrededor, un grupo de curiosos me miran fijamente. A mi lado, mi marido tiene una cara de preocupación que nunca le había visto. Noto mi espalda pegada a una suferfície fría y dura. Entonces lo entiendo, estoy en posición horizontal. Estoy tumbada en el suelo. Me he desmayado.

Cuando por fin recobro el conocimiento del todo, el desconocido que me sujeta los pies se presenta.
– Tranquila, soy médico -me dice con dulzura.
– Me he desmayado… -No se si lo estoy preguntando o afirmando.
-Sí. Has sufrido una pre-lipotimia, pero no te preocupes. Quédate aquí tumbada el tiempo que necesites.
La gente de mi alrededor empieza a volver a sus mesas. Mis amigos me miran alucinados.
-No entendemos qué ha pasado. -Me dice uno de ellos. – Estabas tan tranquila sentada frente a mí y de pronto te he visto temblar y se te han puesto los ojos en blanco.
Miro a mi marido que sigue a mi lado callado.
-Te he asustado, ¿eh? -le digo.
Me susurra un “sí” pero no dice nada más. El doctor sigue conmigo. Me toma el pulso.
– Muchas gracias. -Digo ahora dirigiéndome al médico. – Qué vergüenza, vaya espectáculo debo haber dado.
– No pasa nada, mujer, para eso estamos.
Ese hombre es un ángel. Me pregunto cómo habrá llegado hasta el restaurante.
-¿Le has llamado tú? -le digo a mi marido.
– ¡Qué va! Estaba comiendo en la mesa de al lado y ya llevaba un rato mirándote. Se ha dado cuenta enseguida que te ibas a desmayar y ha venido a ayudarnos en cuanto te ha visto los primeros síntomas. -Por fin me habla con naturalidad. – Ha sido en plan… ¿hay un médico en la sala? ¡Y resulta que sí lo había! ¿Te lo puedes creer? – Me debe haber vuelto el color a la cara, porque ahora le veo mucho más tranquilo.

Y mis amigos haciéndome fotos...
Y mis amigos haciéndome fotos…

Pasan unos diez minutos hasta que decido sentarme en una silla. El médico me ayuda a incorporarme y permanece a mi lado analizándome. Vuelve a tomarme el pulso. Empiezo a marearme otra vez, así que decide volver a tumbarme en el suelo. Pasan otros diez minutos hasta que me vuelvo a ver con las fuerzas suficientes para sentarme. Vuelve a ayudarme. Se me va pasando poco a poco pero él me recomienda llamar a una ambulancia para que me lleven al hospital y me hagan un reconocimiento. Yo me niego, pero ante la insistencia del médico, mi marido y mis amigos, accedo a que llamen a la ambulancia. Llega a los pocos minutos de haberla llamado. Los de la ambulancia me sacan sangre y me toman la tensión antes de llevarme al hospital.

Y durante toooodo ese tiempo, ese médico al que jamás volví a ver, estuvo a mi lado. Se olvidó de su plato de comida y dejó a su mujer esperándolo a la mesa. Era domingo y era su día de fiesta. Y sin embargo, ahí se quedó. A mi lado.

Gracias a todos los que trabajan en sanidad, que incluso con recortes, siguen estando a pie del cañón
Gracias a todos los que trabajan en sanidad, que incluso con recortes, siguen estando al pie del cañón

Desde aquí quiero darle las gracias a aquel médico que me ayudó desinteresadamente. Fue una gran ayuda no solamente para mí, sino también para mi marido y mis amigos que, sin él, no hubieran sabido cómo reaccionar. Gracias, doctor. Gracias por su ayuda. Gracias por su atención. Gracias por su desinterés. Y sobretodo, gracias por su vocación. Porque es muy bonito tener una vocación profesional. Porque sin vocación, uno no actúa como lo hizo usted. Y porque si todo el mundo trabajara de lo que le gusta hacer, viviríamos en un mundo mejor. Sin duda.

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