Quien no tiene cabeza, tiene pies

Me levanto por la mañana e inicio un ritual que había perdido durante dos meses y medio. Sin prisa pero sin pausa, me voy preparando para irme a trabajar. Cuando ya es la hora, salgo a la calle y me dirijo toda decidida hacia donde tengo aparcado el coche. Es el segundo empezando por la derecha, no hay duda. Me acerco y cuando ya estoy prácticamente al lado de él, me doy cuenta. Éste no es mi coche.

Vale, Cristina, piensa. ¿Dónde aparcaste ayer? Pero si estaba segura que lo había dejado en esta calle… ¿Me lo habrán robado? ¿Se lo habrá llevado la grúa? Ah no, espera. Aquí aparqué antes de ayer. Vale, que no cunda el pánico. Tengo tiempo de darme un paseo para barrer toda la zona en busca del único vehículo que me puede hacer llegar a tiempo al trabajo. Me paro en medio de la calle con cara pensativa. La gente que pasa por mi lado me mira extrañada, pero a mi no me importa. Mi mente está haciendo un trabajo de retrospección demasiado importante como para reparar en la gente de mi alrededor. Vale, pensemos. ¿Qué hice después de aparcar? No tengo ni idea. Vale, pensemos otra cosa, ¿qué zapatos llevaba? Ah si, de eso me acuerdo. Mis botas negras de tacón. Si iba con tacones y no me importó caminar, significa que no aparqué muy lejos de casa. ¡Ya lo tengo! ¡Está en la calle paralela a mi casa! Me dirijo toda decidida y me acerco a ese coche negro que parece el mío. ¿Es o no es ése? Me entran dudas. Cuando estoy llegando, lo recuerdo. Ahí aparqué hace dos días. Pero por favor… ¿dónde dejé ayer el coche?

Me paro en seco sin reparar en el tío que va detrás mío y que casi se estampa contra mí. Doy media vuelta y me dirigo a la calle donde viven mis padres. Allí se aparca mejor que en mi zona, así que hay bastantes posibilidades que ayer dejara el coche allí. Después de diez minutos caminando y mirando uno por uno todos los coches que veo aparcados a mi alrededor, llego a la puerta de casa de mis padres. Vale, plan B. Si no lo encuentro ya, llamo a mi madre y que me deje el suyo. Es entonces, sólo entonces, cuando lo recuerdo. ¡Ayer aparqué en la puerta de mi casa!

piesLo reconozco, soy propensa a olvidar dónde dejo las cosas. No encontrar el móvil o las llaves lo puedo aceptar. Pero perder el coche es algo que me supera. Por la caminata, más que nada. Tengo que decir en mi contra, que no me ha pasado ni una, ni dos, ni tres veces. Pero, ¿sabéis qué? Una vez escuché en un programa de radio, que el olvidar dónde dejas las cosas solamente le ocurre a la gente que tiene mil tareas por hacer. Y eso es bueno, ¿no? . Y si no, siempre me quedará el dicho “quien no tiene cabeza, tiene pies”

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