La vida es un carnaval

Hace nada estábamos comiendo turrón y ya estamos en carnavales. ¡El tiempo vuela! ¿Sois de los que vivís estas fiestas como si no hubiera un mañana? ¿O pasáis bastante de ellas? Os tengo que confesar que yo antes disfrutaba mucho de los carnavales. Disfrazarme es algo que me gusta hacer desde que era pequeña. Solía vestirme por casa de la sirenita, de princesa, bailarina, modelo… de todo. Y daba igual si era carnavales o no. Lo de disfrazarme me ha gustado incluso siendo adulta, hasta que llegó un fatídico año en el que la noche de carnaval se convirtió en una de las peores experiencias que he tenido en mi vida. Os cuento:

La vida es un carnavalEra una fría noche de febrero en la que a mis amigos y a mí se nos ocurrió ir a pasar los carnavales a Sitges. Para los que no lo sepáis, Sitges es un precioso pueblo de costa conocido por su ambiente homosexual donde los carnavales se escriben con mayúscula. Mis amigos, los chicos, iban todos disfrazados de toreros. Excepto mi marido, que se disfrazó de vaca. Por aquello de desentonar en el grupo, más que nada. Las chicas íbamos monísimas vestidas de vaqueras. ¡Tan monísimas que casi morimos de frío! Y es que esa noche de carnaval no solamente hizo un frío intenso, sino que también nos llovió. Y yo sin paraguas, con lo que soy para el pelo. A falta de paraguas, me coloqué mi sombrero de vaquera para no mojarme mi linda cabellera. Lista de mí. El sombrero empezó a calar y se me quedó la cabeza tan helada y mojada como si me hubiese metido debajo de la ducha. Y de frío ya ni hablamos, porque claro, con mi disfraz de vaquera no iba yo a ponerme un abrigo largo y calentito. Me enfundé mi chaqueta vaquera. Sí, sí, esa que te pones a finales de mayo, principios de junio cuando el sol ya calienta lo suyo. Y mientras mi sombrero calaba, y mi chaqueta estaba de adorno, íbamos en busca de un bar donde refugiarnos. Claro, no se nos ocurrió pensar que estábamos en Sitges, y que no encontraríamos un lugar libre en todo el pueblo. Mientras buscábamos y buscábamos, pasó como hora y media. Hora y media bajo la lluvia, con mi sombrero y mi chaqueta vaquera. Cuando por fin encontramos un bar, yo ya quería volverme a mi casa y mandar a freír espárragos a los carnavales. Pero el caso es que en el local donde conseguimos entrar había un par de Drag Queens que amenizaban al personal. Y mira, cosas de la vida, al final terminó siendo divertido y todo. Para los demás, quiero decir. Los Drag Queens se acercaban a las mesas, hacían bromas, se hacían fotos con mis amigos. ¿Y dónde estaba yo? Debajo del secador de manos del lavabo entrando en calor (vale, y secándome el pelo también). Eso sí, debo confesar que una vez entré un poco en calor (después de unos treinta minutos en el lavabo), llegué incluso a disfrutar del espectáculo. Aunque en las fotos salga con los labios morados de frío.

Ése fue el día que más frío he pasado en mi vida. Y claro, juré y perjuré que jamás volvería a disfrazarme en carnavales, pero como nunca podemos decir de este agua no beberé, está claro que no cumplí mi promesa. Y es que ya lo decía la gran Celia. No hay que llorar, que la vida es un carnaval y es más bello vivir cantando. No es que yo sea muy carnavalera que digamos y no sé si vosotros lo sois o no, pero lo que está claro es que, nos gusten los carnavales o no nos gusten, la vida hay que vivirla y disfrutarla. Este año todavía no se de qué me voy a disfrazar, pero tengo claro que no será de vaquera. ¡A no ser que cambien los carnavales y los pongan en agosto!

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