Experiencias enriquecedoras (o no)

experiencias enriquecedoras

Tengo la (mala) suerte de tener a una persona a mi lado que le encanta hacer deporte. Como si eso fuera algo agradable… Comer chocolate es algo agradable, hacer deporte, no. El caso es que en las parejas, ya se sabe, una termina adaptándose a los gustos del otro y viceversa. Hace cosa de un año, no me preguntéis porqué, caí en la trampa de acompañar a mi pareja al gimnasio, por aquello de ver cómo era un sitio de esos. Mi experiencia fue… vamos a dejarlo en bochornosa. Tengo que decir a mi favor que al no estar en mi hábitat natural resulté ser más patosa de lo normal. Vamos, que en mi día a día no soy así. Además, allí habían máquinas de destrucción masiva que daban miedo tan sólo con mirarlas. Y si encima nadie te explica cómo funcionan, ya ni te cuento. Lo más increíble fue encontrarme con una máquina vibratoria. En serio, ¿una máquina que vibra? ¿eso para que sirve? Jamás llegué a saberlo. Mi pareja me miraba con resignación mientras yo me quejaba por mi ridícula indumentaria, el cansancio, la sed, sin contar con el hecho de que notaba todas las miradas de la gente puestas en mi nuca. “Víctor, todos me miran. Saben que no tengo ni idea de cómo funciona ésto”. Esa fue mi frase más repetida. Claro que me miraban… ¡si es que no paraba de quejarme por todo! Y por no hablar de las agujetas del día siguiente. Me dolían hasta las pestañas.

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Kit de supervivencia para ir al gimnasio. No os imagináis lo que entra en esa mochila.

Juré y perjuré que no volvería a pisar un gimnasio nunca más pero, cosas de la vida, resulta que ahora estoy apuntada a uno. Vale, no voy con la periodicidad que debería ir, pero al menos una vez por semana sí voy. O al menos lo intento. Y eso, os prometo que es mucho para mí. El caso es que ahora entro por la puerta y entro segura de mí misma. Me subo a la bici, hago abdominales, corro en la cinta, uso máquinas que jamás creí que en entendería cómo funcionan… No es que sea la reina del lugar pero me desenvuelvo bastante bien. Quién lo diría… Si no hubiese pasado por el gimnasio aquel primer día en el que me sentía como pez fuera del agua, ahora no me sentiría tan bien conmigo misma cada vez que vuelvo de él. El hecho de no sufrir agujetas al día siguiente, también ayuda.

Mi experiencia con el gimnasio es un claro ejemplo de que en esta vida hay que aprender siempre cosas nuevas. Hay que experimentar. Si no, nos quedamos estancados y no evolucionamos. Podemos probar cosas que luego no volvamos a hacer nunca más porque no nos gustan, pero al menos sabremos porqué no nos gustan. O por el contrario, podemos descubrir mundos nuevos que nos hagan crecer como personas o simplemente nos hagan sentirnos bien con nosotros mismos. Ahora que no trabajo, me he apuntado a un curso para reciclarme en mi profesión. Tengo ganas de aprender cosas nuevas de mi sector, no solamente porque crea que son necesarias, sino porque de verdad tengo curiosidad por saber cómo se hacen. Además, aún a riesgo de resultar repelente, os tengo que confesar que me hace ilusión hacerlo. Quizás cuando acabe el curso me doy cuenta que no es por ahí por donde quiero encarar mi futuro, pero hasta que no lo pruebe, no lo sabré. Mi consejo para todos es que no dejéis nunca de probar experiencias nuevas, de inventaros actividades que os gusten, de aprender. Porque solamente así os llegaréis a conocer a vosotros mismos y sabréis en qué sois buenos. En definitiva, en eso consiste vivir la vida, ¿no?

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